domingo, 3 de junio de 2012

Tabaco con sabor a dolor.


Hacía tanto que no dejaba que el humo del tabaco, tan furtivo y travieso, se fugara por mi interior. Necesitaba respirarlo, poseerlo, sentirlo. Necesitaba asimilar todo lo que había vivido.

– Déjalo, eso te hace daño. – me sermoneaba con desinterés.

– Yo te hago daño, y no me has dejado. Además… – dirigí mi vista a una fotografía, protagonizada por una mujer esbelta, bella, de piel canela y ojos oscuros. Me perdí un momento en aquellas curvaturas que jamás podría yo tener en mi cuerpo. – A ella le haces daño, y no te ha dejado. –

– Porque no sabe que la lastimo… – él no tenía idea de que a mí, también me lastimaba.

Veía cómo se vestía, cómo sus orbes perdidos se dejaban cautivar por nada. Él era mi perdición, era todo un bastardo que me arruinaba la vida.

Y yo, tan altanera como siempre, no me arrepentía de entregarle mis besos, mi cuerpo, a cambio de un poco de su calor. Porque hasta la más imbécil merecía sentirse querida, y eso era algo que ya tenía más que asimilado.

Porque la más frívola, necesitaba algo de amor...

No hay comentarios:

Publicar un comentario