Hacía tanto que no dejaba que el humo del tabaco, tan furtivo y
travieso, se fugara por mi interior. Necesitaba respirarlo, poseerlo, sentirlo.
Necesitaba asimilar todo lo que había vivido.
– Déjalo, eso te hace daño. – me sermoneaba con desinterés.
– Yo te hago daño, y no me has dejado. Además… – dirigí mi vista a una fotografía, protagonizada por una mujer esbelta, bella, de piel canela y ojos oscuros. Me perdí un momento en aquellas curvaturas que jamás podría yo tener en mi cuerpo. – A ella le haces daño, y no te ha dejado. –
– Déjalo, eso te hace daño. – me sermoneaba con desinterés.
– Yo te hago daño, y no me has dejado. Además… – dirigí mi vista a una fotografía, protagonizada por una mujer esbelta, bella, de piel canela y ojos oscuros. Me perdí un momento en aquellas curvaturas que jamás podría yo tener en mi cuerpo. – A ella le haces daño, y no te ha dejado. –
– Porque no sabe que la lastimo… – él no tenía idea de que a mí,
también me lastimaba.
Veía cómo se vestía, cómo sus orbes perdidos se dejaban cautivar por
nada. Él era mi perdición, era todo un bastardo que me arruinaba la vida.

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