Si hay una persona en este mundo que deteste el frío con toda su alma, esa soy yo. Caminaba cabizbaja frotando mis brazos con mis heladas manos, intentando calentar mi cuerpo.
Desde que comenzó el invierno, sentía que estaba más vulnerable a cualquier tipo de sentimiento. Felicidad, calma, soledad, tristeza, nostalgia...
Intentaba que mi respiración calentaran un poco mis manos, pero solo lograban enfriarlas aún más. Esta ausencia de calor se me clavaba en la piel como miles de agujas de hielo.
De repente, fijé mi vista en un café. No habían muchas personas, y decidí entrar. Un capuccino me haría entrar en calor. Entré, realicé mi pedido y me senté en un mueble marrón de cuero en una esquina del local. Se sentía tan bien estar allí dentro, con canciones de jazz contemporáneo haciendo del lugar aún más acojedor.
La campanilla de la entrada sonó, anunciando la entrada de alguien. Y si no fuese por mi curiosidad, no me hubiera encontrado con esos ojos verdes tan familiares...
Él me sonrió, y se acercó a mí dispuesto a saludarme. Yo me abracé a él como no lo hacía en meses. Su aroma me cautivaba, como la última vez que estuve con él. Le regalé mi mejor sonrisa, y él me besó. Me besó como si tuviera miedo de que yo le esquivara, siempre ha tenido esa manía de saludarme con esa timidez.
- Te echo de menos... - se atrevió a decir. Yo tomé sus manos, y... ¿saben? Ya no sentía que hacía tanto frío. Le invité a sentarse conmigo, y a que habláramos sobre cómo marchaba nuestras vidas desde la última vez que nos vimos.
Me contó de sus estudios, estaba ocupado en su tesis de grado. Faltaba poco para que se graduara, estudiaba matemática pura en la mejor universidad del estado. Yo le hablé de mi trabajo a medio tiempo, que me estaba dedicando de lleno en lo que siempre quise: el diseño de interiores.
- Y yo soy la responsable de que este café luzca como una barra de chocolate. - le decía entre risas. Él reía, su risa me llenaba de felicidad, de paz.
Mi capuccino había llegado, él lo pagó. Le agradecí con la mirada y él me sonrió. Me tomé un momento para observarlo bien. Cuando éramos novios, casi nunca lo detallaba, y es que estando juntos, éramos como niños inquietos, jugando y bombardeándonos de besos.
Me fijé que ya no vestía camisetas. Usaba una camisa gris con un abrigo indigo, que resaltaban sus ojos verdes. Tenía el cabello bien peinado hacia atrás. Me di cuenta que el adolescente del que me enamoré, era todo un hombre... al cual extraño con mi alma.
Al salir del café, me invitó a caminar. Yo accedí gustosa.
Caminábamos en silencio, y le tomé la mano. Él la apretó, llenándome de su calor.
En nuestro momento, estábamos muy enamorados. Éramos los mejores amigos del mundo, hasta que yo, sin querer, lo enamoré. Y él, queriendo, me enamoró.
Recordé cómo los meses pasaban, y el amor crecía como si no tuviera límite. Pero comenzaron a llover ocupaciones y responsabilidades. Optamos por dejar nuestra relación como un bonito recuerdo y andar por los caminos que creíamos, nos correspondían.
El destino es juguetón, es malvado. Hasta que un día de invierno fue compasivo e hizo que nos encontráramos. Él seguía queriéndome, y yo no dejé de amarlo.
Hoy, me encuentro escribiendo esto en un avión rumbo a donde pasaremos nuestra Luna de Miel: Viena, Italia. ¿Él? Duerme plácidamente a mi lado, sin darse cuenta que me narro a mí misma un poco de nosotros, permitiéndome recordar lo mucho que lo extrañé, y lo mucho que le amo.
Porque si hay una persona en este mundo que deteste el frío sin sus cálidas manos para tomar las mías, esa... soy yo.

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