viernes, 14 de septiembre de 2012

El odio hacia mi primer amor.

La verdad, no tengo ni la más mínima idea de cómo disculparme por mi ausencia tan prolongada. Agosto fue el mes más duro, por decirlo de alguna forma, en lo que va del año. No son muchas las personas que leen el Blog, pero este pequeño sitio abarca una parte importante de mí que quiero reconstruir pasito a pasito, sin interrumpir mis responsabilidades. 
Julio fue un mes algo turbulento para mí, debido a que estaba pasando por una extraña transición que... podría llamar "efecto Newton", todo lo que sube, tiene que bajar. Mi ego, en este caso. Durante el mes de agosto, mis días se llenaban de frustraciones constantes. Frustraciones, que me sirvieron para aclararme en muchos aspectos. Ahora tengo una idea más clara y concreta de lo que soy, lo que tengo y lo que quiero. 
Esas emociones tan negativas, me mantuvieron lejos del teclado. Y sí, quería transcribirlo todo en posts y divagues para tener el Blog actualizado, pero consideré que eran emociones íntimas que no podía compartir tan descaradamente con el mundo (a pesar de que casi nadie lee el Blog). 
Con eso dicho, les dejo mi nuevo post. Espero les guste, porque estuve trabajando en él durante dos meses, agregando y quitando cosas. No quedé muy satisfecha, pero al menos cerré esta pequeñita etapa la cual consistió en escribirlo. En parte, dejé algo de mi esencia en él porque tiene una relación indirecta con situaciones que me marcaron. Enjoy!

El odio es el sentimiento más asombroso del mundo. Seduce al rencor, abrasa al amor, abre paso a un sinfín de catástrofes en tu vida, como mil escalones de madera que fueron devorados por termitas fieras de dolor.

El odio puede limpiarte los ojos, pudrirte el alma, invitarte a gritar un rato sin mucho uso de razón. Y a pesar de que sentía cómo el odio viajaba por todo mi torrente sanguíneo, yo… sonreí.

– No tienes idea de lo que has hecho… – susurré. Una lágrima amarga recorrió mi rostro. Y mi dignidad se veía pisoteada otra vez. Otra vez, él me vería llorar.

– La tenga o no, igual seguirás odiándome. – decía, mientras abotonaba su camisa. Estaba harta de que le diera la espalda a mi dolor de esa manera… estaba herida, resentida. Ya no, ya no lo amaba.

– Yo no te odiaba. Yo te amé tanto, te amaba como a nadie. ¡Por ti, fui capaz de todo aquello que me hace odiarme! – le grité. No pude contenerme más, las lágrimas comenzaron a salir con furia. La voz comenzaba a quebrárseme. Me miró, emitió una risilla burlona y siguió vistiéndose.

Fui corriendo hasta el otro extremo de la habitación, y aruñé su espalda. Hice que se volteara, que me viera. Quería que me viera tragada por el odio. Comencé a golpear su pecho con fuerza. – ¡Te odio, te odio! – grité con fuerza. – ¡Mira en lo que me has convertido! ¡Te odio! – hundía mis puños en su abdomen, lloraba con bastante ansiedad. Su cuerpo se vio bañado por mis lágrimas. Comenzaron a dolerme las muñecas, pero no podía detenerme.

¿Dónde quedó mi calma, mi dulzura? ¿Dónde dejé mi comportamiento sutil y educado? ¿Dónde quedó mi “sonríele a la gente, y luego llora en soledad”?

– ¡Maldita sea! – mis golpes iban cesando, el llanto comenzó a ahogarme.

– ¿Ya terminaste? Debes irte ahora, antes de que se haga de noche. – me hizo a un lado mientras yo tenía la vista perdida. No dejé de llorar ni un segundo, no dejé de mostrar mi dolor ni un instante. Le odiaba, cómo le odiaba, ¡cuánto le odiaba!

Al cabo de unos minutos, ya estaba lista, vestida y calmada. Le esperé en el portal mientras él buscaba mi bolso. ¿En esto había terminado mi vida? ¿En ser la muñeca pusilánime de un caprichoso veinteañero? ¿En ser el éxtasis personal de quien me prometió una irrealidad? ¿Soy la caja de orgasmos del bastardo al que amé?

Entre tantas desilusiones, perdía la noción del tiempo y al querer darme cuenta, estaba caminando por una plazoleta iluminada por algunos faroles. Comenzó a llover, y entre las lágrimas del cielo, me dejé quebrar un rato más. Porque al final… yo siempre iba a ser la muñeca de aquél imbécil.

Siempre iba a ser el placer portátil de mi primer amor.

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