El viento se apaciguaba con cada minuto que la noche se
robaba. Las luces no se atrevían a quitarle el protagonismo a la Luna. Era una
de esas noches donde la calma te abrazaba como un viejo amor. Yo, con mi
vestido vino tinto, dejando mis tacones en el suelo, caminaba por aquel
despacho. Sí, seguía teniendo ese aroma a libro añejo que tanto me gustaba.
Sobre el escritorio, había una carta. 17 de noviembre de 2011… Sí, reconocí
perfectamente esa fecha. Ya que, días después, me hicieron añicos el corazón.
Con nostalgia, decidí leerla, a pesar de la penumbra que
inundaba la estancia. “Te amo” llegué a escribir, y en su momento era la mayor
de mis verdades. Era… lo era…
La doblé dejándola tal cual estaba, encima de un marca-libros
que había hecho con cariño.
Escuché unos pasos que de seguro, por su intensidad
ascendente, venían hacia donde yo estaba. Acaricié mi abdomen, sabía que ese
momento sería incómodo para mí. Y lo fue.
Esos ojos oscuros, que yo tanto añoré años atrás, se paseaban por mi
silueta con tal descaro, que no pude evitar desviar la mirada.
– ¿No has aprendido a mirarme, Ana? – No, nunca lo hice, nunca quise hacerlo…
– ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar afuera? – le dije
intentando irme de allí. Sabía lo que quería decirme, y yo no estaba de ánimos
para encararlo.
– ¿Por qué me odias? ¿No decías que el odio era
irracional? – me giré para verlo, y una socarrona sonrisa relucía en su rostro.
– Lo es. Yo no te odio. – admití.
– Comprendo. Bueno, quizás no te importe que conversemos
un rato… – decía mientras se sentaba. Esa sonrisa que tanto amé, me resultaba
de lo más pedante. – Dime, ¿qué tan buen amante es tu, ahora, esposo? –
– No podría decirle a nadie, quizás me lo arrebaten. – a
pesar de que fingía reír, me fusilaba con sus ojos. Sí, sus celos me
escudriñaban. Y de la nada, tomó mi cintura y se abrazó a mí. Luego, me miró.
Luego, me besó.
Al cabo de algunos segundos se separó de mí. – Te has
dado cuenta ya, ¿verdad? – le decía mientras limpiaba un poco el maquillaje.
Por última vez, sonrió. Qué sonrisa tan multifacética, pensé. – Ya no, ya no te amo… –
susurré, luego escuché cómo la puerta se cerraba.
Esa noche aprendí, que la dulzura de un beso varía con el
sentimiento de los amantes.
Y también aprendí que el haber dejado que me hicieran
añicos el corazón,
valdría la pena… para mí…
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