Si te
molesta el ruido que retumba por las calles, si te molestan las luces que
bailan ante ti, sin lógica aparente, no te preocupes. Pronto dejarás de oír,
pronto dejarás de ver.
El frío
baña tu piel, apuñala cada poro. No puedes moverte, y apenas estás lo
suficientemente consciente como para pensar en… ¿qué sucedió?
¿No lo
recuerdas? ¿No recuerdas mis lágrimas negras? Las hojas cayendo, el otoño
yéndose con las frías ventiscas.
– Tengo
frío… – decías a duras penas.
– Pronto dejarás de sentirte así, pronto. –
yo, sentada a tu lado mientras limpiaba el carmín de mis manos. Ese aroma a hierro
comenzaba a asquearme, no era la primera vez que algo mío me repugnaba.
– ¿Qué
me pasa…? – te estoy haciendo pagar por
lo que me hiciste. – ¿Por qué no puedo moverme? – cada vez tu voz sonaba
más rota. Esa voz que reflejaba tanta tristeza, tanto miedo al mundo, a la
vida, a no vivir.
Llorabas,
era la primera vez que te veía llorar y me sentía… nueva. Me sentía pura. Me
fijé en tus labios agrietados, alguna vez tan suaves como un pétalo, y ahora
ese pétalo se estaba muriendo.
Una mano
acariciaba tu frente, retirando los mechones castaños que reposaban sobre ella.
El olor a sangre inundaba toda la estancia. Miraba mis manos manchadas y vi que
las tuyas… las tuyas eran las mías.
Tus
pupilas se dilataban, mi respiración se cortaba, comenzaba a ver borroso. ¿Qué sucede? Esto no… no puede ser… ¡No!
¡NO!
Corrí
hacia el espejo y no encontraba mi reflejo. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no estaba
ahí mi silueta?
– Eres
tú. Yo soy tú. Y tú me mataste. –
"Por primera vez, tuve miedo de mí misma, ya que entendí que aquella
persona que al llorar me hería, era nadie más que yo misma."

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