miércoles, 24 de octubre de 2012

El reflejo de una suicida inocente.

Si te molesta el ruido que retumba por las calles, si te molestan las luces que bailan ante ti, sin lógica aparente, no te preocupes. Pronto dejarás de oír, pronto dejarás de ver.

El frío baña tu piel, apuñala cada poro. No puedes moverte, y apenas estás lo suficientemente consciente como para pensar en… ¿qué sucedió?

¿No lo recuerdas? ¿No recuerdas mis lágrimas negras? Las hojas cayendo, el otoño yéndose con las frías ventiscas.

– Tengo frío… – decías a duras penas.

Pronto dejarás de sentirte así, pronto. – yo, sentada a tu lado mientras limpiaba el carmín de mis manos. Ese aroma a hierro comenzaba a asquearme, no era la primera vez que algo mío me repugnaba.

– ¿Qué me pasa…? – te estoy haciendo pagar por lo que me hiciste. – ¿Por qué no puedo moverme? – cada vez tu voz sonaba más rota. Esa voz que reflejaba tanta tristeza, tanto miedo al mundo, a la vida, a no vivir.

Llorabas, era la primera vez que te veía llorar y me sentía… nueva. Me sentía pura. Me fijé en tus labios agrietados, alguna vez tan suaves como un pétalo, y ahora ese pétalo se estaba muriendo.

Una mano acariciaba tu frente, retirando los mechones castaños que reposaban sobre ella. El olor a sangre inundaba toda la estancia. Miraba mis manos manchadas y vi que las tuyas… las tuyas eran las mías.

Tus pupilas se dilataban, mi respiración se cortaba, comenzaba a ver borroso. ¿Qué sucede? Esto no… no puede ser… ¡No! ¡NO!

Corrí hacia el espejo y no encontraba mi reflejo. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no estaba ahí mi  silueta?

– Eres tú. Yo soy tú. Y tú me mataste. –


"Por primera vez, tuve miedo de mí misma,  ya que entendí que aquella 
persona que al llorar me hería, era nadie más que yo misma."

No hay comentarios:

Publicar un comentario