Mis esperanzas yacían rotas, esparcidas por mis desencajados pensamientos. Intentaba buscarle un orden a todo, cuando en verdad, no había nada.
– No sabía que podía doler tanto. – daba una última calada a mi cigarrillo. Aunque sabía que iba a marearme cuando intentase caminar, el humo me calmaba. – Quizá, así como este pequeño pedazo de veneno, mi melancolía vaya extinguiéndose hasta no existir.
– Primera vez, Analy, en la que te escucho divagar en voz alta. – su dulce voz, me incitó a mirarlo. Lucía un blazer azul marino, que hacía juego con sus ojos achocolatados y su blanquecina piel. Y su perfume, sin esperar un instante, invadió mis sentidos.
– No soy de las personas que adoren narrar lo que sienten. Prefiero escribir lo que siento, así no hay quién me haga vacilar. – le sonreí, sabiendo que no me prestaba atención.
– Deja de hablarme como si no te conociera, pequeña mocosa. – sentí un regaño entre lo ligero de sus palabras. Desvié la mirada. – ¿A qué le temes?
Me descubrió. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo, mientras intentaba hacerme la desentendida. Pérdida de tiempo. Él podía ver mi alma como todo un libro abierto.
– Te temo a ti. Nunca nadie me había mirado como tú. Contigo, siento que cada máscara, se rompe y quedo totalmente desnuda. Puedo fingir que estoy bien, menos contigo; puedo mirar y pretender que mi mente está en blanco, menos contigo. – comencé a alterarme. Arrematé con mis ojos, su mirada. – Puedo decir "estoy bien", menos a ti, sabiendo que no dejarás de indagar hasta saber qué sucede dentro de mí. – comencé a llorar con cautela. Tenía miedo de que él no comprendiera lo que veía en mí, y a la vez me sentía tan segura al dejarle mis temores.
– Porque te maquillas tanto las penas, que se nota que ocultas algo. Nadie quiere saber qué, nadie pregunta porqué. Simplemente lo dejan pasar. Pero yo te quiero tanto que no puedo ignorarlo. – asentí, y bajé la vista una vez más. – Dentro de ti, hay algo que te pesa... y quiero hacerte saber que conmigo estarás bien.
Nunca dejó de mirarme, nunca dejó de sonreír. No sudó, no tembló, ni uno de sus cabellos se movió. Solamente, me amó.
– ¿Y si te hago daño? ¿Y si me odias? – le miré, mis expectativas estaban haciéndome dudar. Iba a notarlo.
– Pues comenzaré a fumar. – sonreí y me dejé abrazar por él. Sabía que entre mis más terribles cicatrices, él encontraba una razón para subsistir, porque sanaba las heridas que no querían cerrar. Estaba construyendo un hogar que siempre estará resplandeciendo para que él nunca se pierda.
Nos complementábamos. Él me protegía y yo le daba un camino a su existencia que no hace mucho, carecía de vida, de voluntad. Entre sus brazos, aprendí a no odiarme. Él me estaba enseñando a curarme a mí misma y no intimidarme por las decepciones que mi corazón había estado recibiendo.
– Podrán romperme el corazón mil veces, no importa. Porque esas grietas que se van acumulando, hace que el calor humano llegue más adentro. Y eso, me hace ser una mejor persona. – le oí citar con los ojos abiertos y una gran sonrisa. – Ya sé, eso lo escribiste tú. Por esas palabras, supe que enamorarme de ti, me haría sentir vivo.
– Eres encantador. Sentiré mucha envidia cuando te enamores de otra persona. – mordí mis labios, esperando que me haya entendido. Su semblante cambió radicalmente, lucía triste. Me entendió.
– Espero que no me quieras por aprender a quererte a ti misma primero, que por estar enamorada de otro. – decía sin mirarme a los ojos.
– Sabes que estoy enamorada. – dolió decir aquello.
– Dolió escucharlo. – dolió saber que le hice daño. – Pero, dejará de importarme. Porque lo que más quiero, es protegerte y enseñarte a hacerlo tú misma. – cada vez me asombraban más sus palabras, aún sabiendo que todo lo que decía, era para él mismo.
Tomó mi mano, llevándome a un paseo por una antigua plazoleta, cerca de un precioso riachuelo. Escuchaba el crugir de las hojas bajo nuestros pies, el sonido producido por nuestros pasos sobre el empedrado.
– Baila conmigo. – ¿era una broma? Comencé a reír indiscretamente. – No seas boba, lo digo en serio.
– ¡Qué demonios! ¿Qué vamos a bailar? – le pregunté, aún riendo.
– Cache-Cache – sonrió, y yo me sonrojé. – Sabía que ibas a apenarte. Sé lo mucho que te gusta esa pieza, y lo que has llorado con ella. Hazme el honor.
No dije nada, estaba muy apenada como para hacerlo. Eran esas muestras de espontaneidad y seguridad en sí mismo, lo que tango me gustaba de él. Dejó su móvil sobre una banqueta, mientras comenzaba a sonar la canción. Se abrazó a mí, mientras yo sentía su respiración en mi hombro. Dábamos pasos sin pensar, pasos pequeños, menudos, casi impercetibles. Pasos grandes dentro de nuestras memorias. Y en veintiocho pasos, robó de mis labios un beso. Le dejé probarme, sabiendo lo mucho que me iba a gustar aquello.
Desde hace veintiocho pasos, fui más feliz. Desde hace veintiocho días, fui más valiente.
Hermosa, simplemente hermosa.
ResponderEliminarUn chico sumamente perfecto <3 Quiero bailar con el >.<