domingo, 18 de noviembre de 2012

Y mientras, quédate conmigo.

− Tarado, espero que no pienses que eso era contigo. – quise tentarlo, me mordí el labio esperando que me tomara la delantera.

− Está bien si no es conmigo. – sonreí; no logré tentarlo. − Soy lo suficientemente tarado como para sentir celos. − ¿celos? No pude evitar reír un poco. Un hombre celoso, siempre me parecerá encantador. Aún así, le sentía distante.

− No lo eres... – tomé una pausa, para decir las palabras correctas. −...Tú nunca me has dicho esas sandeces imbéciles. – esas palabras, fueron las más incorrectas. Pero por alguna razón, quise decir aquello. ¿Lo tomaría él como un halago?

− ¿Qué sandeces imbéciles? – sentí que había metido la pata. No quería hablarle de mis frustraciones, no otra vez…

− Esas de "Eres una de las mejores personas que conozco, contigo me siento tan bien hablando porque me comprendes" y bla, bla, bla. – buscaba cambiar el tema, y muy a mi pesar, me sentía más hundida en mis pensamientos. Él sacaba esas idioteces de mi boca, y sabía que no era a propósito. Yo no quería volverme esa persona mezquina que no ve más allá de sus penas.

− ¿Tengo que decírtelas? – lo sentía desconcertado. Él era tan distinto a eso.

− No, preferiría que no. Siempre que las dicen me ponen mal. Porque ya me cansé de la misma mariquera una y otra vez. – él no se merecía que le hablara así. Lo sabía, lo sentía. Pero no podía evitar ser tan cargante.

− No está demás que sepas que lo eres, solo no te lo diré. – comentó, a mi parecer, con algo de indiferencia. Bajé la vista. − Lo mismo pasa con los abrazos; no te los daré, pero tampoco está de más que sepas que te quiero. – eso provocó un sentimiento ambivalente en mí. El del rechazo, y el cariño. − ¿Qué quieres que te digan? – algo en mí, me decía que se burlaba de mí. Le odié por cinco segundos.

− No quiero que me digan nada, quiero que me escuchen. – admití, alterada. − Entre más sabes escuchar, más problemas tienes. – quería hacerle ver. − Quien se cree mi mejor amigo, el que me habla de su vida una y otra vez, me preguntó que si era anoréxica... Y creo que dejo bastante claro lo preocupada que estoy por subir de peso. – le dije a modo de ejemplo, sabiendo que no lo pillaría del todo.

− ¿Ves? Yo sé muy bien de tu problema para aumentar de peso, por eso te ofrezco Herbalife. – su sentido del humor, me pareció de mal gusto. Si hubiese podido, le hubiera escupido.

− Conozco a todo el mundo, escucho a todo el mundo y nadie me conoce a mí. Pero, creo que deja de importarme. – mis frustraciones tomaron el rumbo de la conversación. Por una parte, me sentía molesta. Por otra, confundida. ¿Por qué quería que él me comprendiera? ¿Por qué habría de implicarse tanto? ¿Por qué hablo como si yo fuese su todo? − Creo que he demostrado ser lo suficientemente inteligente como para aceptar un problema y buscarle una solución factible. – fue lo único que había admitido, de manera prepotente y sin arrepentimiento.

− Te quería decir que no me pidas que te conozca bien, de hecho me da igual conocerte o no, tampoco me pidas que recuerde tus problemas porque a veces no logro ni recordar los míos. – comencé a sentirlo frustrado, cansado. ¿Por qué me sentía tan mal? − Pero yo siempre voy a "escucharte" o "leerte" porque si puedo ayudarte, lo haré. – en ese momento, quise abrazarle.

− Yo no lo decía como una petición disfrazada. Pues vale, algún defecto debía tener. – no me hagas caso, soy una idiota… Volví a meter la pata. Miré la punta de mis pies. Me sentía muy nerviosa.

− El cerrado soy yo, el seco soy yo, el odioso soy yo, el que no te va a visitar soy yo, pero parece que la que aún no acepta nuestra amistad eres tú. – no podía contenerme más, y comencé a llorar. Estaba logrando demostrarle todo lo contrario a lo que sentía.

− Comprendo... – sequé mis lágrimas, aunque alguna que otra seguía cayendo. − Soy testaruda, caprichosa, maldita, insegura e inconforme. Y maldita... Lo que tú me dices ya está más que repetido. – no quería mostrarle mi fragilidad. Le estaba estampando contra todo mi orgullo, y me sentía una imbécil mientras lo hacía… − Soy tan mierda, que ya deja de gustarme que me digan eso. Porque lo caprichosa que soy, no me permite verle lo lindo. – hacía referencia a todas las sandeces que mis amigos repetían, pero que no me hacían sentir mejor. Por alguna razón, quería enseñarle a tratar mi corazón roto.

− ¿Y? ¿Sabes qué? – se estaba cansando de mí, pero no quería aceptarlo.

− Y si vas a enfadarte conmigo, hazlo. – seguía manteniendo una postura que demostraba orgullo, aunque por dentro, quería decirle que no hiciera caso de nada. Pero las cosas no funcionaban así. − Qué coño, yo no tengo la culpa de que la gente me hable siempre la misma mariquera. Y que no la demuestre de una forma la cual yo pueda ver. – le arrematé con un golpe de falsa indiferencia y grosería. Quería sentir que tenía razón, cuando no era más que una niña perdida en busca de un poco de su cariño.

− No. De hecho, me da igual que seas "testaruda, inconforme, insegura, maldita, desgraciada". Me da igual que no te guste que te digan esas cosas. Me da igual que la gente te hable todo el tiempo de la misma mariquera. – estaba molesto, y supo hacerme sonreír. ¿Por qué yo no podía hacer lo mismo por él?

− A mí también, ya hasta deja de molestarme. – y ahí me di cuenta, de que no podía más. Le había dado la espalda tan despreciablemente, que no podía volver a él y decirle que me había equivocado. Sentía, que ese era un error mayor.

− Eso no va a hacer que te deje de querer, que deje de pensar que eres una increíble amiga y persona, que deje de joderte la paciencia cuando esté aburrido, que deje de escribir y pida tu opinión. – quería besarle en ese momento.

− Tampoco busco que mis palabras logren eso. – me rendí por un instante, sabiendo lo cansado que estaba de mi orgullo prepotente. Volví a morderme el labio.

− Que todo el mundo diga "te amo" no significa que algunos no lo sintamos. – me descolocó completamente con aquello. Me molesté, conmigo misma.

− Yo solo quiero alguien que deje de poner mala cara cuando le hable de mí. Alguna persona que en verdad se esfuerce por saber qué me sucede y que se empeñe en ayudarme. – comencé a hablar para mí misma, ignorando que a él le doliera alguna de mis palabras. − Oh, wait, esa persona no existe para mí, porque soy yo misma. – maldición, créeme eso y te juro que te odiaré… “Estúpida” dije para mis adentros.

− Ok. Buenas noches. – me creyó, y me odié tanto en ese momento. Derramé una última lágrima amarga, mientras no podía dejar de odiarme. Odiaba mi reflejo, mis inseguridades. El resentimiento hacia mí misma por creerme tan poca cosa. Odiaba rechazar la mano que él me había ofrecido.

"Solo porque alguien no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su ser." − Gabriel García Márquez.

Media noche. Seis de noviembre. El viento arremataba violentamente contra mi falda, mientras sostenía algunas hebras de mi cabellera para que no se enredasen.

Recordar aquellas palabras que me decía, era casi tan duro como una noche estrellada, sin su sonrisa. Sentí un objeto sonando, dentro de mi bolsillo. Busqué mi móvil, algo exasperada. Era un mensaje… de un número desconocido.

−“Estúpida exageración de mujer (No quiero decir que seas una mujer exagerada, dado que la mayoría lo es).”−

Sonreí, sabía que era él. Sus halagos siempre venían presentados por un insulto superficial. A eso, le respondí:

− Entendí antes de que me explicaras. Creo que te refieres a que soy tan mujer, que resulta exagerado. ¿Es eso? ¿Lo he pillado? – quería hacerle sentir que sabía que era él, pero no lo admitiría.

− Completamente. Me encantas, pero me causas tanta molestia. – me descolocó. ¿Encantarle? ¿Molestarle? ¿A qué jugaba?

−Es que soy como el Sol. Doy calor, que puede ser bueno, así como puede ser un completo disgusto. – me mordí el labio, no quería que él notara que comenzaba a ponerme nerviosa.

−Supongo que no tienes ni la más mínima idea de quién soy. Me alegro, espero que tampoco me extrañes, porque no me necesitas. – tarado, te necesito…

− Supe quién eras cuando me llamaste "estúpida". Ustedes los hombres son muy transparentes. "Tampoco me extrañes"... ¿tampoco? Tú no me extrañas. – me rendí. Cedí ante él, y no tenía nada ya qué perder.

− No sabes quién soy, obviamente. – mentira.

− Sé tu nombre, tu apellido y lo que estudias. Sé dónde vives, tu edad y la fecha de tu cumpleaños. Te he visto resentido con el mundo, dolido con la vida. Sé quién eres, porque sabía que vendrías a mí.

− Si sabías que iría hasta ti. ¿Por qué pensaste que no te extrañaba? ¿O es que acaso tu pedante y prepotente consciencia no te ha dejado hacerte lo suficientemente importante como para recordar que te siento y que, en mis posibilidades, estoy para ti? No sabes quién soy. – dentro de mí, estaba tan perdida, que no encontraba respuesta a sus preguntas punzantes. Me derrotó.

− Porque mi consciencia es imbécil. Casi pareciera que me odia. Me hace ver las cosas de una forma horrible, y por tanto, me hace pensar que soy... "nada". Te conozco. – caí ante ti...

Guardé el móvil.

Y lo sentí, abrazado a mí, pegando su pecho a mi espalda como cuando le conocí de verdad. Tomé sus manos, sin permitir que me mirase a los ojos. Estaba avergonzada de mostrarme tan minuta. Di media vuelta para que me viera.

− Quiero que sepas que te extraño. Y lo digo solo por haber sido imprudente. ¡Y que te conozco! – las palabras salían atropelladas de mis labios. Intentaba lucir calmada, pero no lo lograba. Él, sonreía de medio lado. Me sentía tan tonta en ese momento, que era capaz de irme y no voltear a verle…

− ¿Imprudente? – en su voz, se denotaba un tono algo enojado. − La imprudencia es solo no pensar las cosas antes de actuar, eso es instinto y significa más verdad que la verdad. – suavizó el gesto, y continuó hablando. − No puedes extrañarme si no te importo. Y eso fue lo que significó aquella discusión contigo. Que no te importo. – ya hacía rato que me soltó y apartó mis manos de las suyas. Yo me sentía tan tonta e impotente; quería llorar. Apartó la mirada, y sonrió con nostalgia. − Creo que solamente me dejé llevar por el instinto. Yo sí fui imprudente en darte cariño.

En un arrebato de recelo, tomé su rostro y le miré fijamente a los ojos. Lucían tan tristes, esos ojos oscuros y desolados. − No es que no me importes. No actúes ahora como si fueras cualquier cosa. ¿Y crees que no lo noto? ¿Que no lo siento? – él seguía mirándome impasible. Me exasperaba.

−No soy cualquier cosa, pero todos lo so… − le callé con mis labios. Me estaba poniendo nerviosa con tanta calma, lo necesitaba tan extasiado como yo. Necesitaba ver esos ojos vivos, fugaces. Necesitaba ver que te daba miedo perderme…

− ¿Crees que no me gusta que me quieras? – susurré sobre sus labios, y me aparté. Noté cómo desviaba la mirada. Logré intimidarlo, solo por un segundo. Por un instante, fui dueña de su perplejidad.

−Lo que quiero decir es que traté de darle importancia a nuestra "amistad" cuando nunca existe esa "importancia"… − volví a besarle. − Las amistades no son importantes. – otro beso − Y no, no estoy molesto ni ando deprimido, solamente estoy hablándote imprudentemente. Desde mi instinto. – imprudencia que, yo fui regalándole con cada beso, cada mirada.

Me alejé un poco para verle mejor. Tan calmado, tan inmutable ante todo. Cómo odiaba eso de él…

– Pues mira, ahora soy más imprudente todavía porque yo les doy importancia. – le sonreí, como hacía tiempo que no lo hacía. – Estás siendo tan calmado y tan honesto como siempre. Lo sé, dije que te conozco. – con una media vuelta, jugué un poco con mi falda. Notaba que él ignoraba lo que hacía, siempre fue así de despistado.

– Tomaré eso como un cumplido… – tarado… Me dirigí a darle un efusivo abrazo, sabiendo lo mucho que le irritaba aquello. Y mientras seguía ceñida a él, me hundí en su pecho, queriendo escuchar su corazón.

–Solo soy honesta. Pero me es imposible expresarme del todo, sabiendo que crees que las amistades no importan. No sé cómo hacerte saber que me importas, si no me creerás. Y quiero que lo sepas, que confíes plenamente en eso. – tenía miedo de que no confiara lo suficientemente en sí mismo, como para creerme… – Desde aquel día, te he pensado. No todo el día, pero bastaron cinco minutos para saber que al hablar de mi dolor, podía menospreciar a los demás. Y ahora, a quien menos quiero darle motivos para que piense que no me importa, es a ti… – me miró y estampó en mis labios el beso más agridulce que jamás me hayan dado.

– ¿Te has dado cuenta de que no menosprecias a nadie con tu dolor? Me menospreciaste al decir que nadie atiende tu dolor. – me regañaba mientras me abrazaba con fuerza, me sentía su niña pequeña. – ¿Acaso yo no me he tragado tantas cosas para solamente preguntarte "qué tienes" y tratar de hacerte reír, solo porque no me respondiste? – eso dolió. – Obviamente no me conoces, porque te creo. Pero no sabes que no me importa. – le aparté de mí, sus palabras dolían, pero porque yo misma me las clavaba en el pecho, como el peor estigma.

– Eso no lo sabía, porque no se sabe lo que no se ve… – admití con cierta timidez.

– Un ejemplar exagerado de una mujer. Aunque te diga mil veces que lo hago, no lo has notado. – sonreí ante eso, me gustaban sus halagos tan característicos. – No me importa si te importa. No me importa si te creo o no. No me importa si me crees o no. No me importa si me extrañas o te extraño. Solo me importaba que me sonrieras por mi esfuerzo y el cariño que te daba. – su voz comenzó a desquebrajarse, y yo me sentía morir un poco.

– Y no lo hice por mi pedante consciencia que me hacía creer que no te importaba... Tenía en ti lo que siempre he querido, y no lo vi por querer algo que no sé ver. – no me atreví a dar la cara.

– Más nunca te diré que te quiero. – me abrazó, y le correspondí.

– Pues no lo hagas. – le reté, insinuándole que quería que lo dijera una vez más.

– Te quiero. – y yo a ti.

– Mentiroso. – rió, y le di otro pequeño beso.

– Así aprenderás a no confiar en mí. – decía, mientras acariciaba mi cabello. A su lado, las ventiscas otoñales no me parecían tan frías.

– No quiero aprender. – susurré.

– Parece que ya me estás entendiendo. ¿Te gustaría disfrutar de nuestras sonrisas un rato más? O hasta que nos duela la vida. – le sonreí, asegurándole que a su lado, podría pasarme la vida entera lamentándome del dolor. Pero estando feliz, a medias, porque él estaría conmigo.




Y mientras, quédate conmigo…

No hay comentarios:

Publicar un comentario