Tuve un sueño, donde mi cuerpo estaba siendo enmarcado
por mil espejos.
Podía denotar en uno de ellos, un solo espejo, que mi
sonrisa estaba rota. Atrapada en una ilusión desesperada, fui en busca de
alguna salida, para recobrar aquel gesto en mí. Corría, y corría, como si no
tuviera otra cosa que hacer. Corrí sin parar hasta llegar a una estrella.
Estaba oscura y desolada, hacía frío y muchos fragmentos de cristales y
espejos, reposaban sobre las perforaciones, que este cuerpo celeste poseía.
Noté que con cada paso que daba, mis manos se humedecían. Estaban sangrando…
olía a sangre, sabía que era mi sangre. Pero no era roja, no. Era transparente
y cristalina.
Esta caía, como una suave lluvia. Cada gota,
independiente de las demás, se dirigía a los fragmentos de cristal. Y como por
arte de magia, cada pieza iba iluminándose, como si hubiera cobrado vida
propia. Mis manos dejaron de sangrar, noté que algo las sujetaba. Por la luz,
no pude distinguir qué era. Pero ya sabía lo que sostenía mis manos: tú.
Y desperté.
Rodeada de arbustos, arboles y la sombra de muchas
hojas. Me sentía extrañamente calmada aquí afuera. El viento soplaba
apaciguado, y los rayos del Sol calentando mi nuca y mi espalda, en un inservible intento de evaporar el rastro de tus besos.
A lo largo, se veía un lago. Los niños correteaban y lanzaban piedrecillas, mientras sus madres histéricas iban regañándoles. Ellos, no hacían caso a las quejas y seguían riendo. ¿Debí dejar de hacer caso al dolor y burlarme de eso? Me sentía tuya, totalmente. Mi carne, mis huesos, todo te pertenecía. Estaba presa, entre mis propios pecados.
Amnesia voluntaria. Rebusco y no encuentro tu nombre, necesito saberlo. Ir hacia fuera, en dos movimientos ligeros: recordar, y retener. Quizás así, pueda alcanzar nuestra estrella fugaz,...
...nuestra más dulce historia.
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