− Una mañana, como cualquier otra, frente a un puesto que jamás pensé estaría ocupado por otra persona. Quizás en mis más profundos deseos, yace el pensamiento de que aquel señor de ojos grises, pueda volver a sentarse frente a mí. Recogiendo su largo saco antes de sentarse, acomodando sus libros en la esquina de la mesa, y ofreciéndome una sonrisa, como cada mañana de cada domingo...
Tomando un sorbo del, ya muy frío café, recuerdo aquellos momentos compartidos con esa persona. Con él, aprendí a fijarme en múltiples detalles sin dejar de prestar atención a cualquier cosa que él tuviera para decir. Todo lo que él comentaba, era importante.
Tenía una voz grave, pero clara; conversaba de manera fluida sobre algún libro nuevo -él siempre adquiría un objeto cada semana, para mostrármelo ese domingo, sabiendo que yo lo buscaría en cada esquina de la ciudad, y así tener otra cosa en común con él-.
Me hablaba sobre uno de sus autores favoritos, mientras yo, desviaba la mirada de a ratos hacia su cabeza. Desde que lo conocía, había nacido en mí la manía de saber cuál era el tono de su cabello, ¿un castaño claro? ¿Un rubio cobrizo? Bah, no importaba. Brillaba, como sus ojos grisáceos, pero vivos.
En ese momento de mi vida, era una niña. Nunca me atrevía a detallar sus labios, o su espalda. Yo sólo miraba sus ojos, detallaba su cabello y me perdía en su voz. No me sentía capaz de más. ¿Ver esos labios que ya habrían besado decenas de bellas mujeres? ¿Esos labios que jamás recorrerían un cuello tan virgen como el mío? ¿Esos labios que yo, ni en mis más tardíos pensamientos, me besarían? No era tan ingenua como para suponer que un roce podría resultar lo mismo para los dos. Para él, sería un tonto cosquilleo; para mí, un derroche de emociones.
En nuestra historias, no había un beso, un abrazo, un roce. Sólo veíamos nuestros ojos para conversar, y escuchábamos lo que teníamos para decir.
Meses enteros pasaban, y mi vida se resumió en esas mañanas dominicales, esperando y escuchando al señor de los ojos grises. No nos estancamos en sólo historias y teorías, nos fuimos más allá: el deseo. Yo crecía, cual confianza entre dos buenos amigos, y él, encantado, me hablaba sobre lo que yo quería saber. Sexo, amor, hombres, mujeres, ¿qué desea la gente? ¿Cómo lo desea? ¿Cuánto lo desea?
Nunca se agobió, nunca titubeó, ni un instante... Sólo me explicó el porqué de todo.
Semanas enteras volviéndome la mejor de las amantes. Aún con el cuerpo de una niña, había madurado lo suficiente mentalmente para hacerle el amor a mil hombres, y sembrarles el deseo de un segundo encuentro. ¿Cómo aprendí? Entre charlas dominicales, que no llevaban más que un café y una vidriera que daba a una avenida, separando al mundo de nuestras sesiones matutinas.
Una mañana en particular, opté por maquillarme. Decidí pintar mis labios de rojo. Fui a la cafetería donde siempre nos encontrábamos. Me senté en el mismo lugar, dispuesta a esperarle. Pedí un café, como cada domingo, dispuesta a esperar que él apareciera para dar el primer sorbo. Luego de dos minutos, el mesero vino hacia mí, con una discreta sonrisa. Leí en su gesto un deje de pena.
Con una disculpa, me entregó una pequeña nota. Terminé de leerla en cuestión de segundos, no era muy larga. Lo suficiente para ofrecer una disculpa honesta y ponerle una pausa incalculable a nuestros encuentros. Las lágrimas no tardaron en caer...
»...ciao, bambina...«
Señor de ojos grises.
Desde esa mañana, el labial rojo nunca volvió a pintar mis labios...
La última vez que lo vi, estaba en el punto más radiante de mis dieciséis años. Y en menos de diez días, mi brillo se apagó. Su ausencia hacía pesada mi existencia en aquél entonces.
No pasó mucho para darme cuenta de que... la vida iba a seguir adelante, sin esperar a que yo estuviera conforme con ella. Era sólo una niña, y mi corazón lleno de dudas estaba algo desquebrajado. Pensé que lo mejor era hacer lo que una niña debía hacer: llorar, hasta cansarse, hasta que no quedara nada de ese amargo dolor. No importaba todo el llanto esparcido, alguien llegaría para limpiarlo...
Conocí muchachos a los que besé. Tocaron mi cuerpo, hacían constancia de lo que él me dijo, pasaría. Tuve sexo, hice el amor. Me enamoré mucho, entregué mucho, y mi corazón se rompió. Viví tantas cosas que sabía, iban a pasar. No quise evitarlas. Uno no aprende a pelear con consejos ajenos, debes dejar que te golpeen, golpear también. Ahí sabrás, que la pelea no importa demasiado cuando hay más alternativas.
¿Y al señor del cabello castaño claro o rubio cobrizo, de ojos grisáceos y vivos? ¿De voz grave y ávida? Jamás volví a verlo, ya no le echo de menos... Aprendí a vivir sin él. Ya los domingos no son especiales, menos aún si te enamoras y lo especial se esparce en cada día que estás junto a esa persona. El amor y la gente trae consigo enseñanzas múltiples y prácticas, claro está, pagando un precio que a veces puede ser caro. Él estaría orgulloso de verme siendo ahora, toda una mujer...− y luego de narrar tanto, di un respiro. No pensé que podría tardarme tanto al responder una pregunta tan trivial, como "¿Dónde te encuentras hoy?".
La mujer que estaba delante de mí, quien en ese momento me entrevistaba, me miraba absorta en sus pensamientos. Todos a su alrededor, tanto comensales como meseros, me observaban atentos, sin perderse un solo detalle de mí. No querían quedarse sin una porción de mi historia.
−Señorita Velasco.− se dirigió a mí, la mujer de mediana edad que efectuaba la entrevista. −Aunque... esta historia poco tenga que ver sobre el artículo, ¿podría contarme dónde se daban esas charlas? ¿Dónde se sentaba el "señor de ojos grisáceos"? − todos, espectantes, me miraban fijamente.
Sonreí, fijando la vista en el lugar donde estaba sentada mi acompañante. Todos fijaron la vista al mueble, compartiendo susurros y suspiros de asombro.
− Ya es hora de que me vaya. Ha sido un momento muy especial para mí. Hace más de veinte años que no hablo de esta persona. Con permiso. − al parecer, la historia había gustado más de lo que pensaba, pues nadie se opuso a que yo me fuera.
Al salir del local, decidí pasearme por una floristería, que quedaba cruzando la calle. Un hombre, algo anciano, vendía varias joyas frente al negocio. Estaba atendiendo a un hombre, que se me hacía extremadamente familiar...
− Ciao, bambina. Cuánto tiempo sin verte. −
Con su amplia sonrisa, su cabello castaño claro -lleno de algunas canas- sus ojos grisáceos y vivaces, marcó el final de aquella pausa, que ya no era incalculable.

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