Temo a su ausencia; lloro por lo imposible. Es inútil esconderme, el miedo siempre vuelve a mí.
Tomo sus cálidas manos mientras duerme. Veo cómo su pecho se eleva lentamente. Y me fijo en sus párpados, el telón a la verdad… que espero esté a mi favor. Pánico corriendo por mis venas, al pensar que él abrirá sus ojos, y me mirará… sin amarme.
El desamor y la indiferencia en los ojos que más te gustan, es el peor trago para el corazón. Lo estrangula, lo hace pequeño, lo rompe. He ahí el dolor que más fragmenta el alma, un amor expirado, un amor que fue tuyo.
Imagino su vista perdida, mientras estira los brazos, y va al baño. Todo sin mirarme. Lava su cara, baña su cuerpo, perfuma su piel, sin siquiera pensar en que existe una niña perdida que se muere por escuchar sus risas entre el dentífrico, sus suspiros bajo el agua de la ducha, el olor de aquella colonia embriagándole los sentidos.
Los rayos del Sol tostando su piel desnuda por un rato, mientras él aún no esboza ninguna sonrisa. Sin haber amanecido, ya le hubiese arrancado más de una, con varios besos a su paso.
Sus frías manos, van abotonando su camisa, mientras deja que su vista se pierda en el suelo caoba. Qué vida tan gris pasa ante mis ojos…
− ¡Vale ya! ¡Mírame! – pero no me escucha, no existo para él. Ya no estoy en su corazón, porque me ha echado.
No puedo evitar romper el llanto, ¿cómo no? Si ya su boca no busca mis besos, si ya sus manos no me hacen cosquillas, si ya su corazón no late de gusto por mí… Ya no me ama… Ya no me alcanza el aire, ni tengo la dignidad suficiente para aceptarlo y marcharme en paz, tampoco poseo la fuerza suficiente para forzar sus emociones. Eso tampoco sería una opción viable, mucho menos cuerda para una loca enamorada como yo… Una loca que ama sola… ama, sola…
− Buenos días, princesa. – y mi alma recobra el aire que, jamás se fue… Y me encuentro con ese rostro tan limpio y adormilado que me da paz cada madrugada. Sus manos recorriendo mis mejillas, limpiando los caminos de lágrimas que dejó esa pesadilla pasajera. − ¿Por qué lloras? – noto su gesto encrespado, preocupado.
− Porque te amo, y estás aquí. – y sé que él no ha dejado de amarme. No esta madrugada, no este amanecer, no este día… No esta vida entera, que me queda junto a él.
Dedicado a E. J. Aguirre, que aún sigue aquí.

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