jueves, 12 de septiembre de 2013

Nunca es tarde para enamorarse como la primera vez.

Siempre que hablo de historias de amor, y las comparto con ustedes, mantengo una notable frontera entre lo real y lo ficticio. Nunca, nunca enlazo una entrada (que narre una historia no real) con una experiencia mía de manera directa. Pero hoy… Hoy me doy el placer de narrarles una mezcla de vivencias que he tenido el inmenso placer de compartir con: el hombre del que estoy enamorada.


La primera vez que vi tus ojos oscuros, me encontré con que ya tú me habías deseado antes de yo, poder asimilar que me querías para ti. Nunca me consideré una persona esencial, ni hermosa. Tampoco muy especial. Pero tú pasaste por encima de todo aquello, ignoraste mis miedos y me atrapaste. Mi carisma y mis largas e infinitas piernas, te hicieron mi mejor pretendiente.

Eras constante, dulce y prudente. Me dejaste en claro que yo te gustaba mucho. Eso, más el hecho de que tú me atraías, causó en mí un efecto dominó que estoy segura que fue a tu voluntad.

Y luego, yo, temerosa a lo que pudiera pasar, te mostré mi corazón hecho añicos. Te desnudé mi más reciente pesar: el desamor que me causaba la ausencia de la persona que yo quería en ese entonces. ¿Y tú, qué hiciste? Me dijiste: − Siento envidia de él, porque te tuvo y yo no te tengo. Pero te tendré.

Tu decisión deshizo mis lágrimas. Estaba temerosa, excitada. Te planteaste muy seriamente el enamorarme. Me sentí intimidada; tocaste mi punto débil de mujer. Eso me encantó.

Pasaron las semanas, y me pediste un beso. Sin siquiera yo responder, tú ya me lo habías robado. Un beso suave, tierno. Un beso que me devolvió una sensación que tenía mucho, mucho tiempo sin concebir: el mariposeo estomacal. Me hiciste sentir niña, virgen, inexperta. Tú ya sabías que me gustabas demasiado como para negarte ese beso.

Y cedí. Te di mi corazón para que hicieras con él lo que quisieras, y lo curaste. Con los meses, yo me entregaba más a ti: mi alma, mi esencia, mis más profundos secretos. Tú escuchabas atento, mientras yo podía imaginar tus abrazos consolándome. Eres el único que a la distancia, me hace sentir calor humano,… aunque yo no sepa demostrártelo.

Los besos crecían, y la intimidad se intensificaba. ¿Recuerdas aquel beso, donde me quitaste el aire y tus manos se pasearon por mi cintura? Siempre te recalco lo mucho que me encantó, y siempre te recuerdo que tus caricias son prueba de que la piel cura lo que yace en el alma.

Eres el único ser que he amado y ha presenciado mis lágrimas. El único que me ha visto en mi peor momento. Has presenciado mis temores y ansiedades. Las has vivido conmigo. Y aún así, me amas. No sabes la gratitud que siento por eso.

Ni hablar de lo detallista y encantador que eres. Siempre me llenas de besos y caricias, me hablas de forma dulce. Y a cualquier tontería que hago, te ríes y me llenas de ternura. Tu mirada, tu sonrisa y tu corazón, me hacen sentir hermosa, perfecta… Contigo, aprendí a aceptar que sí, soy especial.

Me haces sentir como tu pequeño milagro, mientras eres la bendición que trajo felicidad a mi vida. No tienes idea de lo que yo era antes de ti: un cuerpo lleno de historias tristes y actos conducidos por la inercia.

Y mordiéndome los labios, recuerdo aquella confesión que nos dimos. Esa noche que me demostraste que, si he de ir al fin del mundo, tú irías conmigo. Ahí, vi lo mucho que me importabas, y lo enamorada que estaba.

− ¡Te amo! − grité, cuando tú casi te ibas. Diste media vuelta, confuso y extasiado. Dos segundos tardaste para esbozar la sonrisa más sincera y hermosa que me han regalado. Bautizaste mis labios con el que ahora, es mi beso favorito. Con los ojos brillantes e inquietos, fijos en los míos, me regalaste el “te amo” más hermoso.

Y pensar que todo esto, se dio gracias a un “follow” en Twitter. Lo recuerdo como si fuera ayer: revisaba mis menciones cuando, de repente, apareciste ahí de la nada. Abrí tu perfil y reventé a carcajadas con tu avatar y tu encabezado. Bastaron cinco segundos para considerarte la persona más graciosa y payasa del mundo. Aún sigues siendo mi payaso favorito.

Después de eso, vino el primer beso, el primer “te amo”, el primer consuelo, cada momento donde nos apoyamos. Los problemas y sus inmediatas soluciones. Mis tontas lágrimas y tus intentos de secarlas. Mis miedos y tus torpezas. Mis detalles y tus ojos brillantes. Tus caricias y mis suspiros. Mi amor, junto al tuyo.

Casi ocho meses a tu lado, y de mi boca no se va el dulce sabor de tu querer.

Casi ocho meses a tu lado, y me has hecho lo que hoy soy: una persona que lucha con sus fantasmas.

Casi ocho meses a tu lado, y te he mostrado que la vida es mucho más que estar vivo.

Casi ocho meses a tu lado, y estoy plenamente enamorada de ti.


Por esos casi ocho meses, y todo lo que ellos abarcan… Te amo, Eddy Aguirre.

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